Cuerpo y Corporeidad. Dualismo antropológico y cristianismo

CUERPO Y CORPOREIDAD. DUALISMO ANTROPOLÓGICO Y CRISTIANISMO

Por corporeidad se entiende, en general, todo aspecto material captado por los sentidos, es decir, todo grupo de cualidades que nos representamos como estables, independientes de nosotros y puestas en el espacio. Con este término se designa también la dimensión material del ser humano. Para comprender el significado del cuerpo humano hay que referirse a la concepción antropológica. Según sea la antropología, variará el modo de entender el cuerpo, así como variarán las concepciones morales.

Según la antropología bíblica, que se caracteriza por ser acentuadamente unitaria y global, el hombre es tanto cuerpo como alma. Una yuxtaposición o una contraposición de cuerpo y alma es algo intrínsecamente extraño a los escritos de la revelación, El cuerpo designa al hombre como totalidad, como persona, y equivale por tanto al yo concreto (cf. Rom 6,12; 12,1). Cuando se habla de un conflicto entre “cuerpo” y «espíritu» esta fórmula no refleja úna hostilidad natural entre el cuerpo y el alma como dos elementos de la naturaleza humana, sino que expresa la situación en que el hombre, aprisionado en el pecado y esclavo del egoísmo, se opone a la voluntad espiritual y salvífica de Dios.

Por eso mismo en la Escritura se percibe repetidamente la dignidad y el valor del cuerpo. En el Antiguo Testamento, el cuerpo del hombre lleva la huella de la acción de Dios (Gn 1-2). Lejos de ser despreciado y de ser un obstáculo para la perfección, se le reconoce una dignidad eminente : el cuerpo mismo (mediante el corazón, los riñones, los ojos, etc.) produce, lo mismo que el alma, afectos, pensamientos, deseos, decisiones (Sal 16,910; 63,21 84,3; etc.). El Nuevo Testamento, aportando una nueva luz sobre el destino último del hombre, que es la vida eterna en comunión con Dios, eleva más todavía la dignidad del cuerpo, que será llamado igualmente, mediante la resurrección de los muertos, a compartir la suerte del alma (Mt 25, 31-46; Lc 6,20-261 etc.).

La concepción antropológica griega, por el contrario, está caracterizada por el dualismo, que se concreta en la afirmación de la conflictividad entre el cuerpo y el alma. Según Platón, el alma y el cuerpo son dos substancias completas, cada una por su cuenta, unidas accidentalmente durante la vida terrena sin formar efectivamente una substancia única. El alma por sí sola constituye la esencia verdadera del hombre. Ésta se encuentra en el cuerpo como en una cárcel. En consecuencia, el ideal del hombre consiste en sustraerse de lo corporal y alienarse del mundo sensible para conducir de nuevo al alma a su perfección y a su felicidad original.

 

Es distinta la concepción de Aristóteles. A su juicio, el alma y el cuerpo son elementos claramente distintos, pero no son dos substancias completas, sino incompletas (como la materia y la forma): las dos juntas dan origen a una única substancia completa, el hombre. Sin embargo, el dualismo no desaparece del todo, ya que también para Aristóteles el Cuerpo es materia extraña y opuesta al espíritu; los dos coprincipios del hombre no presuponen realmente un solo origen, ya que la materia es eterna y se contrapone a Dios.

El pensamiento cristiano sobre el cuerpo, en los primeros siglos, se desarrolló sobre la base del encuentro-confrontación entre la visión bíblica del hombre (sintética y global) y la concepción antropológica helenista, dominada por el platonismo (dualista). Muchos Padres de la Iglesia, aunque defendían la bondad del cuerpo en cuanto obra de la creación de Dios, acabaron acogiendo las ideas platónicas sobre la relación alma y cuerpo, asumiendo de este modo una actitud ascético-peyorativa respecto al cuerpo.

En particular, la identificación de la concupiscencia debida al pecado original con la reacción espontánea y natural de los instintos (san Agustín) los llevará a una acentuada infravaloración del cuerpo, destinada a perdurar durante siglos.

Fue con santo Tomás, que se sirve de las categorías del pensamiento de Aristóteles, como se asistió a la superación del dualismo y a la recuperación del valor positivo del cuerpo. La unión substancial entre los dos constitutivos del hombre, originados ambos por Dios, está determinada por un único acto de ser, el del alma (forma del cuerpo) que mantiene en ser también al cuerpo. De aquí se deriva la unidad de la actividad humana, que es siempre físico-espiritual juntamente.

El hombre actúa siempre de forma humana y espiritual, aun cuando actúe con el cuerpo.

La sistematización que dio santo Tomás al problema de la relación alma-cuerpo es imprescindible para los conocimientos alcanzados por la antropología de nuestros días, de carácter integral, a la que han dado su aportación diversas tendencias filosóficas, especialmente la escuela personalista.

En la concepción personalista aparece el cuerpo en todo su valor, ya que no es puramente «objeto» o “instrumento”, sino «sujeto». Es encarnación, epifanía espacio-temporal del «yo” presencia a los otros y posibilidad de comunión; relación con el mundo y con la sociedad; expresión y por tanto cultura, etc.

Pero el cuerpo es también límite, signo del límite espacio-temporal, que lleva consigo los caracteres de dolor, enfermedad y muerte.

Puesto que el verdadero cumplimiento del hombre es «la personalización de la dimensión material que concluye «con la resurrección de la carne” (Rahner), la tarea moral consiste para el cristiano en asumir su propia realidad corporal sin reducciones ni reservas, obrando de tal manera que no se vean reprimidas, sino integradas en su propia identidad personal, las cualidades de las que está dotada la existencia corporal. En la óptica de la teología de la salvación, la preocupación por la formación y el enriquecimiento de la propia corporalidad es un signo por el que se reconoce la afirmación del porvenir. Permite presentir ya desde hoy, aunque sea de manera provisional, la plenitud, la grandeza y la belleza del hombre, que algún día será glorificado.

Pero la consonancia con el ser corporal del hombre exige también la aceptación de los límites de su cuerpo actual, unos límites marcados en definitiva por el sufrimiento y por la muerte. Esto supone la renuncia a un optimismo irreal, que se comporta como si pudiera realizarse ya en nuestro tiempo terreno la utopía de una corporalidad liberada del sufrimiento y de la decadencia.

  1. Cappelli

 

Bibl.: S, Spinsanti, Cuerpo, en NDE, 3183351 AA, VV , El cuerpo y la salvación, Sígueme, Salamanca 1975;-F p, Fiorenza – J. B, Metz, El hombre como unidad de cuerpo y alma, en MS 1111, 661-715,

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