Desgraciadamente hay muchos cristianos de boca cerrada para defender la fe, y de lengua afilada para criticar la Iglesia

Comentaba un joven seminarista que durante la época de Franco a algunos curas se les subió a la cabeza oprimieron a la gente, y que esta es la causa del rechazo y el odio hoy a la Iglesia católica. Yo añado que desgraciadamente no sólo curas de antaño, hoy sigue habiendo tantos católicos (curas o no) que con su antitestimonio crucifican de nuevo al Señor y hacen daño a tanta gente. La tentación de creernos una estirpe elegida, salvada y con posesión de la verdad estuvo, está y estará siempre ahí.

Con todo, los errores de algunos no justificará nunca la violencia contra todos. Si hoy nos atacan con tanta virulencia es por otros motivos. Los católicos somos incómodos para quien quiere vivir un proyecto de realización autónoma e individual, para quien la propia felicidad y placer está por encima de todo, somos incómodos porque recordamos que libertad implica responsabilidad, y que el amor cuando es verdadero duele porque lleva a olvidarse de sí y vivir para el otro. Somos muy molestos cuando denunciamos las injustas masacres de los más débiles, los que no pueden llegar a nacer porque son aniquilados en el vientre de sus madres. Por estos y por otros muchos motivos se nos odia.

No debemos escandalizarnos por ser perseguidos a causa del Evangelio, Jesús ya advirtió que así sería, debemos asustarnos cuando siendo cristianos no experimentamos esta persecución.

Desgraciadamente hay muchos cristianos de boca cerrada para defender la fe, y de lengua afilada para criticar la Iglesia. Quizás lo hagan por miedo a seguir a Cristo crucificado, quizás esperaban un cristianismo glorioso, majo, simpático, que se adapta a las modas y a todos gusta. ¡Pero qué pronto olvidamos el destino de Cristo y de sus apóstoles!

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