El incomprensible precepto del amor a los enemigos y la locura de creer en un Dios que es Trinidad

Hay dos cosas tremendamente incomprensibles del cristianismo, una es creer en un Dios que es Trinidad, y la otra es el precepto de amar a los enemigos. Lo primero parece que va contra la razón, Uno no puede ser igual a Tres, y lo segundo parece que va contra la justicia, quien hace el mal debe reparar el daño, ser ajusticiado. Sin embargo ahí están, en las mismas raíces de la fe cristiana. Y es que cuando se profundiza en ellas, se descubre que ni una va contra la razón, ni la otra va contra la justicia. El amor es la clave de interpretación.

Monasterio de Sijena (Huesca)La Unidad de la Trinidad no es matemática, es una unión de amor. En la familia, imagen de esta Trinidad, podemos ver que siendo el padre y la madre tan distintos se presentan al mundo como uno solo, en el pensar, en el sentir y en el obrar. El amor no es un vínculo de conveniencia (contrato civil), es la plenitud hallada en el vaciarse por entero en el otro, en ponerse en sus manos, confiarle toda tu persona, al mismo tiempo acogiendo por entero al amado/a,  sin condición alguna. Este grado de entrega-acogida sólo es posible vivirlo con la gracia de Dios, y genera un vínculo de amor indisoluble. Es razonable pensar que si Dios es amor viva en una continua relación de entrega-acogida, y eso es lo que sucede en la Trinidad. Entre el Padre y el Hijo hay una plena relación de amor, y éste siempre genera nueva vida, por eso decimos en el Credo que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, procede de su amor. Esta imagen trinitaria se reproduce en la unidad familiar, el amor del padre y la madre es amor abierto a la vida y genera los hijos. Es poco razonable que el Dios de los filósofos, solitario y separado del mundo pueda ser amor.

Jesús enseña un grado nuevo del amor, el amor a los enemigos. Un precepto coherente con la imagen de un Dios que es amor. Lo enseña con palabras y con obras. No sólo lo enseña si no que nos pide amar así. La cruz es la máxima expresión de este amor, desde la que Él perdona a sus verdugos. Jesús no dice que dejemos de amar a quienes nos aman, pero dice que esto no basta. Tampoco dice que el amor a los enemigos deba ser igual que el amor a los ‘nuestros’, sería absurdo intentar dar ese tipo de amor a quien nos odia. ¿Cómo se vive entonces este precepto? En Jesús, el amor a los enemigos, se manifiesta como una disposición permanente a la reconciliación. Vemos, por ejemplo, que Jesús no trata de la misma manera a quienes le desean el mal: fariseos, escribas, sumos sacerdotes, que a sus discípulos a quienes dedica todo su tiempo, enseñanzas, gestos de amor. Vemos también, que a aquellos que le odian no les cierra nunca la puerta de la reconciliación. Jesús tiene palabras duras con los fariseos, les llama hipócritas y sepulcros blanqueados. A los ricos de corazón les dice que la puerta de la salvación les es tan estrecha como el ojo de una aguja para un camello. ¿Son estas palabras una falta de amor a sus enemigos? No. Como los ama desea su salvación y los amonesta, busca su conversión. Si no los amara simplemente los ignoraría.

Y cuando uno de estos abandona su orgullo Jesús se abaja para ayudarle. Lo vemos con Nicodemo, el fariseo que busca con sincero corazón, Jesús le ayuda a comprender el plan salvífico de Dios. Los discípulos se escandalizan al oír lo de la puerta estrecha, pues parece una condena definitiva, pero Jesús les recuerda que aún con todo “nada es imposible para Dios”. El amor a los enemigos no supone renunciar a la justicia, la puerta siempre está abierta, pero para pasar por ella es necesaria la penitencia, el arrepentimiento, el justo resarcimiento de las víctimas, la conversión del corazón. Amar a los enemigos es también exigirles todo esto, porque para ellos también hay reconciliación, salvación. Amar a los enemigos es no emitir un juicio definitivo sobre su alma y sus intenciones profundas, sólo las conoce Dios. Amar a los enemigos es estar abierto a la reconciliación, que no es instantánea, si no un proceso doloroso y sanador de conversión, reconocimiento de las propias culpas, y reparación del daño. El amor a los enemigos no sólo no está reñido con la justicia, si no que es fuente de la verdadera justicia. Cuando juzga el amor y no el odio dejamos a Dios la palabra definitiva y permanecemos abiertos a la reconciliación

 

Si Dios es amor es razonable pensar que no cierre las puertas de la salvación a ninguna de sus criaturas, aún a aquellas que le dan la espalda. A los que se pierden y su fruto se vuelve estéril Dios los corrige con una poda, a veces dolorosa, para que vuelvan a dar fruto, para que su corazón se haga pobre y puedan entrar por la puerta estrecha. Pero nada puede hacer Dios por quien rechaza de plano su poda, su amor. Es razonable pensar que si el amor es amor de verdad no violente la libertad de la persona, si así ocurriera ya no sería amor, sería sometimiento, Dios un tirano, y nosotros sus esclavos.

 

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