“Una sensibilidad a educar” Artículo de opinión en la revista Mater Purissima (22/2/2013)

Fuente: http://www.mater-purissima.org/2013/02/una-sensibilidad-a-educar/

No hay que ser muy viejo para recordar las polémicas surgidas en torno al bautismo de niños en los años 60/70. Las objeciones relativas a la falta de libertad y conciencia de pecado del niño fueron contundentemente respondidas por el Card. Francisco Seper, prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe en el año 1980, aunque ya mucho antes el Concilio de Trento había defendido esta praxis frente a la crítica protestante: «el bautismo no es un puro signo de la fe; es también su causa».

Sin embargo, el prejuicio de que el niño no es suficientemente maduro (libre y consciente) para vivir la experiencia religiosa seria, sigue estando presente en no pocos educadores y padres. Estos defienden que no se debe coartar la libertad del niño y se debe esperar hasta que el niño goce de libertad para que pueda elegir hacer o no la experiencia religiosa. Una argumentación de este tipo suele ser defendida más en base a ideologías que a criterios pedagógicos auténticos. Debemos recordar un principio pedagógico fundamental: la sensibilidad se educa. Un niño será capaz de hacer experiencia de lo sagrado si dispone de una sensibilidad que le permita captar el lenguaje, los gestos y los símbolos religiosos, y esta sensibilidad se debe formar, no es innata, ni aparece de manera espontánea llegada la madurez. Por eso podemos decir que educar a los niños en la experiencia religiosa no sólo no es inútil, sino que es la condición de posibilidad de que esta pueda tener lugar.

Siempre quedo impactado al ver como los profesores de infantil y primaria en pocas semanas consiguen enseñar a los niños a estar bien en la capilla. Ellos captan de forma intuitiva que están entrando en un lugar especial, donde se hace silencio para poder hablar desde dentro con Dios. La luz del sagrario, el icono de la virgen, la señal de la cruz, el Padre Nuestro… todo contribuye a crear ese clima en el que se desarrolla una sensibilidad. El niño aprende que el silencio tiene un valor, que sus pensamientos pueden ser compartidos con alguien que le ama, e interioriza el significado de los símbolos y las palabras. Tanto es así que basta con que el profesor encienda una vela en clase y la ponga frente al icono de la virgen para que todos sepan que deben guardar silencio y rezar con el profesor. Educando la sensibilidad hacia lo sagrado estamos creando las condiciones de posibilidad que permitirán a los niños hacer su propia y personal experiencia de Dios. Sólo así serán verdaderamente libres.
Una sensibilidad a educar - Mater Purissima

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