Interpretación del Génesis

 

GÉNESIS, INTERPRETACIÓN DEL
SaMun

I. Nombre

Con el nombre de Génesis, tomado de los LXX, se designa el libro primero de la törä, dividida en cinco partes (-> Pentateuco, en Antiguo Testamento, B. i). Por su contenido se lo puede rotular «Libro de los orígenes». Desde el punto de vista teológico, el libro de Josué puede unirse al Pentateuco y, en contraste con la concepción tradicional, cabe hablar de un Hexateuco, pues en Jos se narra el cumplimiento de fundamentales promesas contenidas en Gén y Éx.

II. Métodos de interpretación

El esfuerzo iniciado hace más de 200 años por B. WITTER y J. ASTRUC para lograr claridad en el proceso de formación del Pentateuco, que hasta entonces, con pocas excepciones, había sido atribuido a Moisés, ha quedado concluido en cierto modo con la reciente hipótesis de los documentos, vinculada al nombre de J. Wellhausen. Según esa hipótesis, el Pentateuco se compone de cuatro fuentes: J = yahvista: (siglo x). E = elohísta (siglo viii); D = Deuteronomio (siglo vii) y P = escrito sacerdotal (siglo vi). El método histórico de las formas desarrollado sobre todo por H. Gunkel y H. Gressmann, dando un nuevo paso quiso rastrear la génesis preliteraria de los documentos, llegando a la conclusión de que éstos no son obra de autores particulares importantes, sino el legado de una tradición antigua, que luego reunieron ciertas escuelas. Este método queda completado con el de la historia de la tradición, que estudia el crecimiento de las tradiciones en diversos círculos transmisores durante su larga historia hasta llegar a la forma actual.

Se aplica finalmente el método histórico-redaccional, que averigua los motivos que guiaron a los colectores y redactores en las fases particulares de composición y en la redacción final, motivos que quedaron inyectados como fermento configurador en las capas crecientes de la tradición. Esta combinación de métodos refinados se emplea hoy día para esclarecer sistemáticamente el proceso, sumamente complicado, de la formación del Pentateuco (cf. el esquema en: SELLIN-FOHRER, Einleitung, 30).

III. Estructura y temas del Génesis

Según la concepción corriente, los 50 capítulos del libro se dividen en dos secciones: 1ª, La historia primitiva (1-11), 2ª, la historia de los patriarcas (12-50). Aunque las diferencias entre las dos partes son mucho mayores que en cualquier otro libro bíblico, sin embargo, ambas quedan conectadas por la figura de Abraham.

1. La historia primitiva

Tras múltiples ensayos anteriores de deslindar en la historia primitiva un antiquísimo material tradicional de la humanidad, o de mirarla como un intento, comparable a otros de la literatura del antiguo oriente, de interpretar por mitos los orígenes del mundo y del hombre, hoy se impone cada vez más la opinión de que Gén 1-11 y, sobre todo, 1-3 son desde su origen profecía etiológica retrospectiva. Los redactores de las capas casi exclusivamente afectadas J y P, emprendieron la tarea de seguir hacia atrás la actividad de Dios hasta los comienzos, de informar teológicamente sobre el origen del universo y de anteponer al inicio de la revelación histórica en Abraham las decisiones de la humanidad primigenia válidas para todos los hombres. Así hicieron inteligibles las experiencias históricas de su pueblo con Dios y la interpretación que Dios mismo les daba. En esa visión la historia primitiva no implica ninguna afirmación sobre los orígenes y la naturaleza de las cosas; más bien reviste un carácter funcional para la revelación que se produce en un tiempo histórico. Destaquemos por su importancia los siguientes temas:

a) La acción creadora de Dios pertenece a los enunciados kerigmáticos esenciales del AT y está expuesta en los dos estratos: P: 1, 1- 2, 4a; J: 2, 4b – 25. Y es de notar que Gén 3 queda unido literalmente con Gén 2. El hecho del doble relato, en que J es completado y ampliado por P, tiene la finalidad de resaltar la significación fundamental de la acción creadora de Dios, hecho teológico de suma importancia para la imagen moderna del mundo y del hombre (-> creación). Ahí se pone igualmente de manifiesto cómo es imposible aprehender la actividad de Dios bajo una sola perspectiva. Para esclarecerla de algún modo por todos sus lados se requieren múltiples enfoques.

El primer relato desarrolla con sublime monotonía el teologúmeno: «Dios ha creado el universo» y, en la obra de separación y ordenación, hace que las criaturas particulares, a modo de pirámides, vayan surgiendo a la existencia desde el caos hasta el hombre. Para expresar la acción creadora se sirve del verbo bára’, aplicado solamente a Dios, que expresa una producción sin analogía en virtud de la ->palabra divina, que así se convierte en arco de puente entre el pilar Dios y la criatura que deviene. En el esclarecimiento más profundo de esta palabra de Dios se mueve la evolución de la idea de creación hasta el NT (Jn 1; Col 1, 14-17; Heb 1, 2). El triple uso de bára’ en la creación del hombre (v. 27) da a entender que la energía creadora de Dios llega aquí a su despliegue más pleno. El haber sido creado a imagen de Dios lo distingue de todas las otras criaturas, que entran en la existencia «según su especie» (v. lls 24s). Ahí se expresa su participación en el señorío de Dios (cf. Sal 8, 5ss; 145, 12), que lo capacita para llevar a cabo el mandato de dominar la tierra (v. 28).

En estilo más cálido y figurado, el segundo relato, más antiguo, pone al hombre como primera criatura en el centro de un círculo, en torno al cual Dios organiza el mundo referido a él. En la formación del hombre entran como elementos constitutivos la tierra y la potencia vital divina, y ambas quedan vinculadas en una unidad esencial. Esta unidad ha de considerarse como base de la antropología bíblica en un estadio prefilosófico. La disposición del relato subraya, junto al surgir de las criaturas, la constante solicitud de Dios para con el hombre: la preparación de su espacio vital con plantas y animales, el remedio de su soledad por la creación de la mujer. Ésta es, según la exposición bíblica, parigual al varón, y, por ser de su misma especie, tiene también el mismo valor. Partiendo de la experiencia actual de la mutua atracción entre los sexos, el escritor proyecta la estrecha ordenación de hombre y mujer al matrimonio más allá del pecado, al comienzo de la creación, cuando todo era bueno.

b) Paraíso y pecado original. Hoy se admite generalmente que el paraíso no debe entenderse como una magnitud histórica o geográfica. A fin de quitar su base a las dificultades que se presentan para una concordancia con los resultados de las ciencias naturales, parece lo más adecuado considerar el paraíso sobre todo como una profunda armonía de la existencia humana, en el estado de una integridad plenamente equilibrada del primer hombre. Se puede discutir con razón sobre la duración de ese estado especial; posiblemente habrá que entenderlo como situación momentánea de la existencia. La cima de esta situación especial era la amistad del hombre con Dios (3, 8), que constituía a la vez una gran promesa y un hálito de aquella consumación escatológica hacia la que, según Is 25, 6-8, camina la historia universal.

El más alto don al hombre consiste en la libertad, fundada en su propia personalidad, y, por ende, en la posibilidad de decidirse por Dios o contra él sobre la base de su mandamiento (2, 17). A la libertad va aneja la posibilidad de la tentación y de una falsa decisión. La serpiente, encarnación del principio del mal, atribuye a Dios intenciones poco benévolas y promete a la mujer un lugar neutral para juzgar de Dios y de su mandato. Así se despierta en el hombre el impulso hacia lo incomprensible y el fascinante anhelo de disponer de misterios más allá del horizonte humano, a fin de llegar así a un lugar libre de Dios. La esencia del pecado original consiste, pues, en que el hombre, con osada audacia, quiere hacerse independiente de Dios y contentarse con la criatura. Pero la total conversión al mundo no conduce a la gloria, sino al deshonor. Gén 3, 14-19 caracteriza el estado actual de la vida humana sobre la tierra: está turbado el orden del hombre en su relación con Dios, con sus semejantes con las criaturas inferiores. El hombre acepta esta nueva situación vital, lejos de la inmediata proximidad divina; pero Dios intenta ayudarle de otro modo. Esta nueva situación de la existencia está iluminada por la promesa de la victoria definitiva sobre Satanás (3, 15). Cf. también -> pecado original.

c) A pesar del estilo apretado y oscuro de Gén 4, en el crimen de Caín puede verse cómo el pecado original (originante) no se reduce a un hecho único en un remoto pasado; ya en la generación inmediata, por la culpa personal del fratricidio, se toma por segunda vez la decisión contra Dios. Con ello se dibuja el camino del hombre sobre la tierra como un camino de ->pecado y culpa; pero así se le quita también la posibilidad de dirigir un reproche a los primeros padres. El camino de pecado que el hombre ha emprendido lo lleva cada vez más profundamente a la lejanía de Dios (4, 11). Gén 4 cumple todavía otra función en la estructura de la historia primitiva, a saber, el capítulo es un anillo necesario para pasar a 6, 5ss, donde se describe cómo la maldad del hombre ha superado toda medida admisible, de suerte que Dios decreta su aniquilación.

d) Concedida la posibilidad de que en Gén 6s se hayan conservado tradiciones populares de tiempos primitivos (cf. las leyendas extrabíblicas del diluvio, p. ej., en la epopeya de Gilgames), sin embargo, para la moderna exégesis es cosa averiguada que el juicio de Dios en el diluvio no ha de entenderse como exposición histórica detallada. Más bien, en la leyenda del diluvio difundida en su ambiente, a los autores de Gén 6s se les ofreció el adecuado material ilustrativo para exponer en todo su alcance el fatal destino de la humanidad primitiva, y para reconocer en el diluvio el juicio de Dios provocado por el hombre. El «pesar» o arrepentimiento de Dios (6, 6) da a entender que el pecado mina en lo más hondo el sentido de la criatura, y que por él pierde el hombre la justificación de su existencia ante Dios. Desde entonces se cierne ejemplarmente sobre la culpa humana el juicio aniquilador de Dios. Sin embargo, lo que según Gén 6, 5ss es motivo de merecido castigo, según 8, 21 es razón de misericordia. Prólogo y epílogo del relato ponen de manifiesto la lucha que se inicia en torno al hombre entre la justicia y la misericordia, en la cual vence el amor de Dios, comprometido de tantas formas con el hombre. Después del diluvio comienza la época de la paciencia divina (Rom 3, 25), que tiene su fundamento histórico-salvífico en el pacto con Noé.

e) La alianza con Noé (9, 8-17), como relación firme de Dios, pone a la humanidad posdiluviana en un nuevo estado de paz y se hace visible en el signo del arco iris. Como alianza del orden creado, robora el acto de la –creación, que queda garantizada por Dios, y quita a toda criatura a la elemental preocupación por su existencia. De ahí que en 9, 1 se reitere la bendición inicial de 1, 28. La alianza se convierte a la vez en base y punto de partida para la nueva salvación que se halla en perspectiva, y está abierta a todos los hombres dispuestos a guardar la ley ética impresa en la misma naturaleza y que se esfuerzan por mantener una relación personal con Dios.

f) De la multitud de pueblos a la elección de uno solo (10s). En Gén 10, P considera la multitud de los pueblos, que sin duda se toman de un antiguo mapa etnográfico, como querida por Dios, pues los hace derivar a todos de un antepasado primero, que es Noé. Por eso siguen constituyendo una gran unidad, que está en alianza con Dios. En cambio, a los ojos de J (torre de Babel) esa unidad se vuelve problemática. Aquí se insinúa el peligro que entraña una unidad de los hombres procurada por desmesurada soberbia, ya que ella puede convertirse en una concentración de poder contraria a Dios. Propiamente, Dios quiere la independencia de los pueblos unidos por él en una familia a través de la alianza con Noé. Esta reiterada caída en el pecado pasa a ser luego el punto de partida para el nuevo camino de salvación, pues, contra el plan hostil a Dios de lograr a la fuerza, mediante el soberbio poderío del hombre, la unidad de los pueblos, Dios mismo hará nacer la recta comunión de todos los pueblos en Abraham, especialmente escogido para ello (11, 16-32). La historia primitiva desemboca en el relato de la victoriosa voluntad salvífica de Dios, que se muestra en Abraham como bendición inmensamente rica para todos los hombres de todos los tiempos.

2. Historia de los patriarcas

Con Gén 12 entramos ya en un período documentado con abundantes fuentes históricas del oriente, las cuales pueden captarse en la Biblia misma. Sobre la historiografía hay que decir en general que es «pragmática y tendenciosa»; su objeto, por ende, no es describir detalladamente los acontecimientos en su proceso de formación mediante un estudio crítico de las fuentes. A la historia bíblica le interesa, más bien, poner de relieve a base de un sustrato histórico más o menos extenso la particular acción de Dios sobre determinados hombres y la interpretación que de ella da Dios mismo; es decir, ofrecemos una historia de la salvación. Podríamos decir que el principal tema teológico de este primer período y el anillo que enlaza las figuras partículares es la gran bendición de Dios. Por ella, según J, Dios escoge a Abraham, y con éste abre el nuevo camino de salvación que conduce a Cristo (12, 1-3; 18, 18s; 22, 18; 26, 4; 28, 14).

Frente a una visión escéptica del pasado, según la cual en Gén 12-50 se trataría de colecciones de leyendas o los patriarcas serían un símbolo de divinidades humanizadas, se va imponiendo la concepción de que ellos fueron verdaderas figuras históricas, aunque la Biblia sólo ofrece escasos datos sobre su vida (cf. W.F. Albright, J. Bright, R. de Vaux). A base de los abundantes descubrimientos actuales, acerca de aquella época, podemos situarlos entre los siglos xx-xvr a.C.

a) Sin duda alguna la figura más importante es Abraham. En muchos aspectos puede ser considerado como modelo de la posición del hombre en la obra divina de la salvación. Dios invita al seminómada elegido a que deje a su espalda patria y pasado y marche camino de Palestina. Con ello la peregrinación en la presencia de Dios viene a ser un factor existencial del hombre religioso, que en adelante está bajo la particular promesa divina. Promesa y cumplimiento, no como categorías religiosas humanamente calculables y representables de antemano, sino como estructuras fundamentales del obrar divino, definen desde ahora el camino de la salvación, según se pone de manifiesto por la reiterada promesa de la tierra y de la descendencia, y finalmente por el nacimiento de Isaac. Abraham responde a la intervención de Dios con la le, cuyo contenido es el abandono de todas las seguridades terrenas y una entrega constantemente renovada del patriarca a Dios (15, 6). La fe así entendida constituye la base para la justificación del creyente, es decir, para que su vida esté en orden ante Dios y sea recta. El espíritu de fe de Abraham es tan ejemplar que en Rom 4, 16 él recibe el título honorífico de «padre de todos nosotros en la fe». Como en diversas etapas de la actividad divina, también aquí esta nueva relación es elevada al estado de una alianza. En toda la historia de la revelación la alianza es la forma como Dios realiza su designio salvífico. En una doble tradición: Gén 15 (J) y 17, 1-14 (P), esta alianza es interpretada teológicamente bajo sus aspectos más importantes. Ella capacita al elegido para la teofanía (18), lo hace confidente y amigo de Dios (18, 17ss). Dios, por su parte, plantea altas exigencias al así unido con él por la fe. Así, al que ya es anciano, le pide que espere pacientemente cuando la posibilidad humana de un hijo parece nula; y al padre finalmente feliz le da el mandado inaudito de que sacrifique al hijo querido y, con él, al sujeto único de la promesa y el porvenir entero (22). En realidad, se trata de someter a prueba la fe que nada deniega a Dios, y también de la repulsa divina a los sacrificios humanos.

b) Mucho menos plástica aparece la figura de Isaac (24-27), cuya función es mantener viva la alianza con Dios y transmitir la bendición.

c) En Jacob, por lo contrario, aparece con particular claridad lo humano del sujeto de la bendición. La compenetración entre la elección divina, la culpa humana (el engaño para hacerse con la primogenitura y la bendición: 25, 29-34; 27) y el castigo por ello es buen ejemplo de la cooperación entre el designio divino y la libertad humana. Mientras Jacob no atente contra el fundamento de la elección y defienda en la fe – aunque con medios injustos – los intereses de Dios, éste mantiene su elección. Sin embargo, en la enemistad de su hermano, en el destierro de su patria, en el engaño por parte de su suegro y en el dolor que le deparan los hijos, el patriarca experimenta el castigo por su conducta. Una vez purificado, vuelve con nuevo nombre y nueva bendición a la tierra de sus padres (32, 22-32); pero también aquí le esperan nuevos golpes, hasta que un hambre general le obliga a buscar protección en Egipto.

d) En el centro de la última parte (3750), que en su forma se distingue considerablemente de lo anterior, se destaca la figura de José, al que estaba destinada una sorprendente carrera política en la corte del faraón. Sin embargo, según 49, 8-12, para la ulterior realización del designio salvífico no es escogido el hijo predilecto de Jacob, que configura la actualidad, sino Judá. Su conducta con Tamar (nada ejemplar) lo hace antepasado de David (Rut) y, consiguientemente, del Mesías (Mt 1). En contraste con la lenta realización del designio salvífico, puesta continuamente de relieve en la historia de José, salta más fuertemente a la vista el elemento sapiencial y didáctico. José representa la encarnación del humanismo israelítico; su figura está diseñada sobre todo con elementos de la literatura egipcia. É1 muestra las posibilidades que abre ante este mundo la vida con Dios, y es un signo patente de Dios ante los hombres. La actuación y posición de José en Egipto se incorpora a la temática de la dirección divina del pueblo escogido; y su figura es un anillo necesario para los acontecimientos del éxodo (cf. Éx).

En resumen podemos decir que, según el Génesis, la revelación de Dios no se produce por la manifestación de ciencia y misterios, sino que esencialmente se hace visible en la conducción de los elegidos. La respuesta de éstos consiste en una actitud de estar en camino hacia Dios, en la cual han de ejercitarse durante toda la vida, ora «andando con Dios», como Henok (5, 22), ora «andando delante de Dios» (17, 1), como Abraham y su casa.

Heinrich Groft

 

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