Fe y ciencia · T1E03

Teilhard de Chardin: evolución, conciencia y punto Omega

Un recorrido por su visión cristiana de la evolución.

Esquema de complejidad, biosfera y noosfera mostrado en el vídeo sobre Teilhard de Chardin

Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), jesuita, geólogo y paleontólogo, construyó en paralelo a su carrera científica un sistema de pensamiento que se mueve entre la ciencia, la filosofía, la teología y la mística, y que ofrece una visión cristiana de la evolución. En este tercer episodio de Diálogo Fe y Ciencia lo explico de forma sencilla y en orden: de qué parte, por qué la complejidad es su único eje, qué entiende por el «interior de las cosas», a dónde lleva la convergencia (el punto Omega) y cómo identifica ese punto con Cristo.

Una advertencia que repito en el vídeo y que conviene tener delante: lo que sigue es el sistema de Teilhard, no un resultado medido. La ciencia describe la evolución; Teilhard la interpreta. Lo preparé en febrero de 2022 a partir de Ciencia y religión, de Agustín Udías Vallina, y de las dos obras mayores de Teilhard, El fenómeno humano y El medio divino.

TEILHARD DE CHARDIN: su pensamiento explicado de forma fácil | 🤝 Diálogo Fe Ciencia | T1E03

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Quién fue y por qué sus libros se publicaron después de su muerte

Durante su vida, las autoridades eclesiásticas prohibieron la publicación de la mayoría de sus escritos no científicos. Algunos ensayos salieron en revistas y otros circularon en copias privadas entre amigos y admiradores, pero sus dos obras extensas, El fenómeno humano y El medio divino, no llegaron a publicarse en vida por más que lo intentó. Cuando empezaron a aparecer tras su muerte en 1955, el impacto fue enorme: el primer tomo de sus obras en francés se publicó ese mismo año y el último en 1976, y entre 1955 y 1980 se contaban ya más de tres mil libros y artículos sobre su pensamiento. Hoy sigue siendo objeto de estudios científicos, filosóficos y teológicos, y últimamente también de interés por su dimensión mística: hay quien lo considera uno de los místicos más importantes del siglo XX.

Sus escritos, compuestos entre 1916 y 1955, despertaron sospecha en ambientes eclesiásticos sobre todo por incorporar la evolución al pensamiento cristiano y por sus ideas sobre el origen del hombre, el pecado original y el papel de Cristo en un universo evolutivo. En 1962 el Santo Oficio publicó un monitum que advertía de ambigüedades y errores en sus obras y pedía proteger de ellas a los jóvenes, y en los seminarios se desaconsejó su lectura. Él mismo era consciente de la novedad de lo que proponía y no le extrañaba la resistencia.

Su punto de partida es la aceptación de una visión global del universo en evolución. Su trabajo como geólogo y paleontólogo, activo toda la vida y vinculado al descubrimiento de fósiles humanos en China, lo puso en contacto con el registro fósil de la evolución biológica y, en concreto, de la evolución humana. Para él la evolución no era una mera hipótesis científica, sino la regla universal que sigue toda realidad. Cuando escribía, la evolución geológica y biológica ya estaba ampliamente aceptada; la expansión del universo según el modelo del Big Bang aún no estaba establecida (su confirmación experimental llegó en 1964 con la radiación cósmica de fondo), aunque es seguro que conocía los modelos de universo en expansión de Einstein, Friedmann, De Sitter y Eddington (1919-1935) y la propuesta de Georges Lemaître en 1931 del origen del universo a partir de un «átomo primigenio».

Esquema de complejidad, biosfera y noosfera mostrado en el vídeo sobre Teilhard de Chardin
Fotograma · 5:40

El eje de la evolución: complejidad y conciencia

Para Teilhard, la evolución vista globalmente tiene una dinámica clara: va de lo más simple a lo más complejo. Le basta suponer que al principio solo existían las partículas más elementales, cuya combinación dio origen a los primeros átomos y luego a moléculas cada vez más complejas. La complejidad, no el tamaño ni el número, es para él el único eje verdadero de la evolución: al infinito de lo pequeño (lo subatómico) y al de lo grande (el espacio intergaláctico) hay que añadir un tercer infinito, el de lo complejo.

Cuando surge la vida aparece un nuevo nivel, la biosfera, y la evolución continúa a lo largo de los seres vivos, de los unicelulares más primitivos a los mamíferos, siguiendo la línea de una mayor complejidad del cerebro hasta el ser humano. Con el hombre aparece la autoconciencia, que forma otro nivel: la noosfera. En su terminología, el universo ha progresado por la cosmogénesis a la biogénesis y de ahí a la antropogénesis, siempre en la línea de una complejidad creciente que no se explica por una mera suma de elementos simples: es un proceso en el que van emergiendo entidades con cualidades nuevas a medida que la materia se hace más compleja.

Esquema del itinerario de Teilhard en cinco etapas encadenadas: cosmogénesis (partículas, átomos, moléculas), biogénesis (la biosfera), antropogénesis (el ser humano y la noosfera), convergencia (socialización y unión por amor) y punto Omega (centro trascendente, para el cristiano Cristo); debajo, el eje de la complejidad, las energías tangencial y radial y la advertencia de que es un sistema de pensamiento, no un resultado medido
El itinerario de Teilhard. Elaboración propia a partir de Udías Vallina (2010) y del episodio.

El interior de las cosas y las dos energías

Para explicar ese proceso, Teilhard propone que las cosas tienen, además de su exterior (cuya naturaleza y funcionamiento estudian las ciencias naturales), un interior. Ese interior está ligado a la complejidad y crece con ella, hasta revelarse en el hombre como conciencia, como capacidad de reflexionar sobre el propio pensamiento. El nivel de complejidad es, por tanto, también nivel de conciencia, presente ya de manera incipiente en la materia inerte y desarrollada hasta su plenitud en el ser humano. Interioridad y conciencia se relacionan a su vez con lo que él llama la dimensión espiritual, que se reconoce con claridad en el hombre pero que, en su sistema, debe extenderse en niveles primitivos a toda la materia: materia y espíritu son dos dimensiones de una misma realidad, y la evolución avanza siempre hacia una mayor espiritualización.

En paralelo al exterior y al interior propone una doble energía: la tangencial, la energía física asociada al exterior, que relaciona los elementos de un mismo nivel y es la que estudia la física; y la radial, asociada al interior, que impulsa los elementos hacia niveles superiores y es la responsable del movimiento evolutivo hacia la complejidad y, en consecuencia, hacia la vida, la conciencia y el espíritu. Ese movimiento universal hacia uniones cada vez más complejas lo lleva a sustituir la física del ser por una «metafísica de la unión»: ser equivale a unir y ser unido. Aunque en ciertas etapas aparecen propiedades nuevas, como la vida y la conciencia, lo que indica discontinuidades, Teilhard insiste en que hay continuidad en todo el proceso.

Conviene notar que ha seguido el camino inverso al de las ciencias experimentales. Estas parten de las partículas y sus interacciones, siguen por la química y la biología y, con un método analítico y en el fondo reduccionista, intentan explicar lo complejo a partir de lo simple. Teilhard empieza por lo más complejo, el fenómeno humano: encuentra en él la conciencia y el espíritu como dato fundamental y, al ser resultado de la evolución, concluye que esas características deben estar ya de algún modo, en niveles ínfimos, en todos los estadios de la materia. Es exactamente lo que no puede probar una ciencia, y por eso hay que leerlo como lo que es: un sistema de pensamiento.

Daniel Pajuelo en el episodio T1E03 de Diálogo Fe y Ciencia
Fotograma · 7:32

Convergencia, punto Omega y Cristo

Teilhard no cierra su análisis con la aparición del hombre: lo proyecta hacia el futuro, porque la evolución solo puede seguir progresando ahora en el nivel humano. La humanidad, la noosfera, después de cubrir la Tierra como una membrana pensante, se socializa y se repliega sobre sí misma a una velocidad creciente, hasta converger en un estado que él llama de superconciencia. Ese proceso se realiza por la colaboración libre de los hombres, que buscan una mayor unidad cultural, económica, política y religiosa; en la globalización y en las instituciones internacionales ve indicios, todavía incipientes, de ese camino. Y aquí invoca un principio central: para que tenga sentido, la evolución tiene que ser convergente. Una evolución divergente quitaría sentido a un proceso cuyas etapas marcan una dirección clara, de la materia inerte a la conciencia humana.

Esa convergencia pide un punto en el que todo converja, para no caer en el sinsentido: el punto Omega, donde todas las conciencias y con ellas el universo entero encuentran su consumación. La fuerza que lleva hacia él es la energía radial, y puede chocar que, en el nivel humano, Teilhard diga que esa energía adopta la forma del amor: las conciencias solo pueden converger en un proceso que las una sin que pierdan su individualidad, y eso, en el nivel humano, solo lo hace el amor, que él define de forma muy general como una afinidad interna mutua. El punto Omega no es solo meta: es también fuerza creadora que atrae hacia sí todo el movimiento evolutivo, y para cumplir esa función de centro universal debe ser preexistente y trascendente. No sorprende que, llegado aquí, lo identifique con la idea tradicional de Dios: creador y consumador de la creación, que realiza esta última función por la convergencia en él, en el nivel del espíritu, de las conciencias humanas.

Todavía da un paso más, el «fenómeno cristiano»: descubre en el seno de la humanidad una corriente religiosa cuyas propiedades se parecen notablemente a lo que ha encontrado estudiando el fenómeno humano, y concluye que el cristianismo constituye un verdadero phylum evolutivo que, por su orientación a una síntesis basada en el amor, progresa en la misma dirección que la biogénesis y la antropogénesis. El fundamento de la fe cristiana, Dios hecho hombre en Jesucristo, lo interpreta dentro de ese esquema: la encarnación debe ser coherente con el carácter evolutivo del mundo, y su metafísica de la unión le exige que la esencia de Dios sea también unión de tres personas. Para el cristiano, el punto Omega se identifica con Cristo, en quien Dios se ha hecho presente en el corazón mismo de la materia para animar la evolución hacia sí: modelo y fuerza a la vez. La cosmogénesis, que pasa por la biogénesis y la noogénesis, culmina así en lo que él llama la cristogénesis, y Cristo adquiere una dimensión cósmica. Con esa identificación termina su propuesta de una evolución en sentido cristiano. Lo cuento con admiración y con cautela: es una visión que ayuda a muchos creyentes a mirar la evolución sin miedo, y es a la vez una interpretación que ningún laboratorio puede confirmar ni refutar.

Daniel Pajuelo en el episodio T1E03 de Diálogo Fe y Ciencia
Fotograma · 12:15

Fuentes

  1. Agustín Udías Vallina, Ciencia y religión. Dos visiones del mundo, Sal Terrae, Santander, 2010 (ISBN 978-84-293-1847-0). Es el libro que sigo en este episodio.
  2. Pierre Teilhard de Chardin, Le Phénomène humain, Seuil, París, 1955 (en castellano, El fenómeno humano, Taurus, 1963), y Le Milieu divin, Seuil, 1957 (El medio divino, Taurus, 1959). Sus Œuvres en Seuil se publicaron entre 1955 y 1976.
  3. Sagrada Congregación del Santo Oficio, Monitum sobre las obras de Teilhard de Chardin, 30 de junio de 1962 (Acta Apostolicae Sedis 54, 1962, p. 526; traducción inglesa en EWTN).
  4. Georges Lemaître, «The beginning of the world from the point of view of quantum theory», Nature 127 (1931), p. 706 (el «átomo primigenio»); A. A. Penzias y R. W. Wilson, «A measurement of excess antenna temperature at 4080 Mc/s», Astrophysical Journal 142 (1965), pp. 419-421 (la radiación de fondo observada en 1964).
  5. Vídeo original: Diálogo Fe y Ciencia T1E03 (20 de febrero de 2022, 16:47), con su descripción.

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