¿Es real el conflicto entre la fe y la ciencia? Esta vez no respondo yo, sino un invitado: Enric, del canal Filoadictos, que estuvo en el programa que hago los lunes en directo en Twitch y al que pedí que desarrollara si ese conflicto está envuelto en una mitificación. Su respuesta, que recojo aquí por escrito, distingue dos dimensiones: la esencial (¿dice la fe algo que contradiga a la ciencia?) y la histórica (¿ha habido una guerra entre las fuerzas de la luz científica y las de la superstición religiosa?). A la primera responde que no hay ningún conflicto real; a la segunda, que hay mucho mito y que los casos que siempre se citan no sostienen una conclusión universal.
Las tesis son de Enric y así las atribuyo; donde añado contexto o fechas, lo señalo. Lo publiqué en marzo de 2022 y la conversación completa está en su vídeo íntegro. Hablo, como siempre, desde donde estoy: fui sacerdote, estudié teología y hoy divulgo ciencia.
Dimensión esencial: todo conflicto es aparente
Enric distingue primero la dimensión esencial del problema: si hay realmente algún conflicto entre algo que diga la fe y algo que diga la ciencia. Su respuesta es que no hay ninguno real; todo conflicto es aparente, y resulta o bien de haber malinterpretado los datos de la fe, o bien de haber malinterpretado los datos de la ciencia. La regla que lo sostiene no es nueva: uno de los principios de la hermenéutica bíblica en la tradición ha sido siempre leer la Escritura a la luz de la razón. Los teólogos y los filósofos saben por la razón que Dios no es corpóreo y que es inmutable; cuando la Escritura habla del brazo de Dios, de Dios paseando por el jardín del Edén o del Espíritu que sobrevolaba las aguas, saben que es lenguaje metafórico o analógico, escrito para gente corriente, no para filósofos.
Ese mismo principio, sostiene Enric, se aplica a lo que dice la ciencia: si la ciencia nos dice X y eso contradice una interpretación de la Escritura, la conclusión es que esa interpretación hay que abandonarla y preferir otra, de las que ya ha habido en la tradición o de las que se puedan dar como nuevas. Y añade un dato que importa: la Iglesia nunca ha definido de manera dogmática que el Génesis haya que leerlo de forma literal.

Dos ejemplos: el Génesis leído al pie de la letra y el darwinismo social
El ejemplo típico del primer error es «la teoría de la evolución refuta el relato del Génesis». Ahí lo que hay es una mala interpretación del dato de la fe: alguien toma un pasaje de la Escritura, lo lee de manera literalista y saca una consecuencia incompatible con lo que dice la ciencia. La conclusión, al menos para un creyente, es que ha malinterpretado la Escritura. Enric recuerda que la lectura exclusivamente literal nunca fue la única en la tradición, que estaba llena de lectura alegórica, y cita a dos de sus mayores intérpretes: Orígenes y Agustín no entendían los días del Génesis de modo literal. Orígenes, en el siglo III, se preguntaba quién podía ser tan necio como para creer que hubo un primer, un segundo y un tercer día, con tarde y mañana, sin sol ni luna ni estrellas, que aparecen el cuarto día: una señal, dice Enric, de que el autor no pretende hablar en sentido literal, sino con un relato poético o analógico que transmite una verdad teológica: que Dios ha hecho todas las cosas y las ha hecho bien.
El segundo error es el simétrico: malinterpretar los datos de la ciencia y hacerlos chocar con la fe. El ejemplo es el darwinismo social, muy de moda cuando la teoría de la evolución empezaba a extenderse: la idea de que la selección natural y la supervivencia del más fuerte eran principios de justicia aplicables a la construcción de la sociedad, y de que, por tanto, se podía dejar morir a los enfermos o practicar la eugenesia para que solo se reprodujeran los más hábiles. Eso contradice de frente lo que dice la fe: que todo ser humano ha sido creado a imagen de Dios y tiene una dignidad personal inviolable. Pero aquí no hay una mala lectura de la fe, sino de la ciencia, que no justifica esa consecuencia, como después se ha reconocido. Siempre que aparece un conflicto, concluye Enric, el creyente puede confiar en que es aparente y se resuelve reinterpretando los datos de la fe o viendo que se han malinterpretado los de la ciencia.

Dimensión histórica: Bruno, Galileo y la «tesis del conflicto»
En la dimensión histórica, Enric sí cree que hay mucho mito. Un análisis sin prejuicios revela que la relación entre ciencia y religión ha sido, en la mayor parte de la historia, armónica o indiferente, con algunos episodios de conflicto. La llamada tesis del conflicto, la idea de una batalla ancestral entre la ciencia y la superstición religiosa, se apoya siempre en los mismos tres o cuatro casos, Galileo, Giordano Bruno, Darwin, repartidos a lo largo de muchos siglos; y de cuatro casos no se puede sacar una conclusión universal. Cuando se mira el conjunto, no solo los casos de conflicto, a cada uno se le pueden contraponer dos o tres de armonía. Añado el dato que él no necesita: esa tesis la formularon en el siglo XIX John W. Draper (1874) y Andrew D. White (1896), y los historiadores de la ciencia la consideran hoy superada.
Además, muchos de esos casos están simplificados o mitificados. Giordano Bruno, presentado como mártir de la ciencia, no fue un científico sino todo lo contrario: en sus escritos despreciaba el método científico, la observación y el uso de las matemáticas, y trabajaba con simbolismos, geometría sagrada y metáforas. Se le puede hacer mártir de la libertad de pensamiento, dice Enric, pero no de una ciencia a la que se oponía. Y, vaya por delante, no hay que quemar a nadie.
El caso de Galileo es, en cuanto uno lo estudia, complejísimo y con mucha política dentro. En rigor no fue un conflicto entre científicos y teólogos ignorantes, sino un conflicto entre científicos: el consenso científico del momento era el geocentrismo, y el modelo de Galileo no tenía las evidencias ni los argumentos necesarios para forzar un cambio de paradigma. Algunos de sus argumentos eran falsos, como el de que las mareas eran efecto del movimiento de la Tierra, y los aristotélicos le señalaron correctamente que se debían a la Luna. Galileo era además amigo del papa Urbano VIII, afín al geocentrismo por ser el consenso de la época, y en su Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo (1632) puso los argumentos del papa en boca del personaje geocentrista, al que llamó Simplicio. Todo ello en plena guerra de los Treinta Años, con Francia aliada con los países protestantes y un cardenal español acusando a Urbano VIII de flojo en la defensa de la fe, y con la Reforma reciente, que hacía a la Iglesia muy sensible a que personas que no eran teólogos interpretaran la Escritura de manera privada, que es justo lo que hizo Galileo para defender su tesis: en su carta a Cristina de Lorena (1615) recogía la frase, que no era suya sino del cardenal Baronio, de que la Escritura no nos enseña cómo van los cielos, sino cómo se va al cielo. En su momento nadie interpretó aquello como un choque entre «la ciencia» y «la religión»; esa lectura se construyó mirando hacia atrás después de Darwin.

Darwin, el creacionismo y lo que queda de la pregunta
Darwin sí fue, para Enric, uno de los episodios de conflicto más fuertes, y continúa en algunas partes del mundo, sobre todo en Estados Unidos, donde el creacionismo sigue vivo; en Europa, como le decía una amiga estadounidense sorprendida, apenas ha existido. Pero ese conflicto no es con todas las ramas del cristianismo: la Iglesia católica nunca tuvo un gran problema con la teoría de la evolución; a medida que se acumulaban las evidencias fue aceptando que era correcta e interpretando la Escritura a la luz de la razón, como siempre había hecho. Así que, al final, de la tesis histórica del conflicto queda un episodio, y a medias: no con la cristiandad, sino con una parte muy fundamentalista de ella.
Lo que me parece valioso de esta respuesta es que convierte una guerra en una pregunta de método, la que hay que hacerse ante cualquier conflicto aparente: ¿quién ha leído mal su propio libro? Es la misma pregunta que recorre los episodios sobre la evolución y sobre la imagen de Dios, y la que vuelve, desde el otro lado, en el episodio sobre los científicos ateos.
Fuentes
- Conversación completa con Enric en su canal: Encuentro completo (Filoadictos, 2022).
- Orígenes, De principiis (Sobre los principios), libro IV, 3, 1 (los días sin sol del Génesis); Agustín de Hipona, De Genesi ad litteram, libro I, 19 (la Escritura no enseña ciencia).
- Galileo Galilei, Carta a Cristina de Lorena (1615), con la frase atribuida al cardenal Baronio; Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, Florencia, 1632.
- John W. Draper, History of the Conflict between Religion and Science, 1874; Andrew D. White, A History of the Warfare of Science with Theology in Christendom, 1896 (origen de la «tesis del conflicto»).
- Agustín Udías Vallina, Ciencia y religión. Dos visiones del mundo, Sal Terrae, Santander, 2010 (historia del debate; contexto de los casos de Bruno y Galileo).
- Vídeo original: Diálogo Fe y Ciencia T1E05 (16 de marzo de 2022, 16:49), con sus capítulos oficiales (0:47 «Situando el problema», 1:17 «Dimensión esencial», 7:09 «Dimensión histórica»).
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